Que aproveche

¡Joder! Hoy me he vuelto a encontrar dos lindos regalitos.
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Inercia

Nada más entrar, lo primero que me golpea es el ruido. Una puta jauría de niños desatada. Gritos, carreras, cosas cayéndose. Perfecto. Cumpleaños. Eso significa lo de siempre: uno menos en plantilla y el doble de mierda que recoger después. Ni un minuto llevo y ya me quiero largar.
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Aprende a escribir, Álvaro Colomer

Es un libro curioso. Por el título, podría parecer un manual de escritura al uso, de esos que prometen fórmulas cerradas o reglas infalibles. Por suerte, no va por ahí: va mucho más allá. Sus páginas ofrecen la oportunidad de asomarse al método de trabajo y a la trayectoria de autores a los que admiramos.
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Entre turnos

Me fuerzo a comer unos aros de avena rancios. Saben a cartón mojado y a derrota. En algún sitio leí que eran buenos para algo. Me da igual. Como si hacer una cosa bien fuese a compensar todo lo demás que está podrido.
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Pequeños gestos

Sé que con esta reflexión no voy a descubrir la rueda, pero creo que de vez en cuando merece la pena encontrarse con ella, detenerse un momento y pensar.

Es curioso el poder que podemos llegar a tener las personas. No somos superhéroes ni el ombligo del mundo, pero hay que reconocer que, con acciones mínimas, somos capaces de provocar cambios enormes. A veces para bien. Otras, por desgracia, para mal.
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El misterio de la chica de las 17:29

Por mi trabajo veo a mucha gente ir y venir. Es un oficio hecho de puertas que se abren, pasos en escaleras, timbres que suenan y conversaciones que no me pertenecen. Entre todas esas rutinas anónimas, nunca nadie me llamó tanto la atención como la chica de las 17:29: una certeza en mitad del ruido del día.
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