Inercia
Nada más entrar, lo primero que me golpea es el ruido. Una puta jauría de niños desatada. Gritos, carreras, cosas cayéndose. Perfecto. Cumpleaños. Eso significa lo de siempre: uno menos en plantilla y el doble de mierda que recoger después. Ni un minuto llevo y ya me quiero largar.
Y no, no son los críos. Son críos, hacen lo que hacen. Los que me tocan los cojones son los padres. Esa peña que cree que porque paga puede desentenderse de todo. Como si el dinero les permitiese aparcar la responsabilidad junto al coche y olvidarse de ella durante un par de horas. Sueltan a los niños como si esto fuera un corral y ellos se limpian las manos. Barra libre de caos. Luego se irán tan tranquilos, dejando el campo arrasado.
No quiero ser padre. Ni de coña. Bastante tengo con aguantar esto como para encima llevármelo a casa. No tengo paciencia, ni ganas, ni fe en que eso salga bien. Apenas consigo mantenerme en pie como para hacerme cargo de otro.
Es tarde. Demasiado tarde. Ya no entra luz por las ventanas ¿No deberían estar estos niños en la cama ya? Aunque claro, a ver quién los duerme ahora después de atiborrarlos de azúcar, refrescos y tarta industrial. Van pasados de vueltas, corriendo entre mesas, gritando como si el cansancio no existiera.
Finalmente se largan. Y ahora viene lo bueno. La sala hecha una mierda: restos de comida, bebidas pegajosas, servilletas por el suelo, sillas fuera de sitio. Todo pringoso, todo mal. Y nosotros detrás, recogiendo lo que otros han decidido ignorar. Encima hay que revisar tickets, cuadrar lo que han pedido, asegurarse de que no se va nadie sin pagar algo. Porque claro, el caos también se factura.
El turno se acaba y llego a casa. Por fin. De madrugada. El cielo sigue oscuro, menos mal. No tengo ganas de ver el día empezar, sería como admitir que ya toca volver.
Lo primero, la pastilla. Que empiece a hacer efecto cuanto antes. Luego la ducha. Necesito arrancarme de encima el olor a comida, a grasa, a sudor rancio. Como si pudiera lavarme también el turno de encima, pero no. Eso se queda. Pegado a la piel, como una enfermedad.
Comer… me da igual. Se me cierra el estómago del cansancio. Prioridades: apagarme. Me lavo los dientes por inercia, como todo últimamente. Y a la cama. Durante unos segundos me pregunto si descansar cuenta como vivir o simplemente es el mantenimiento básico para seguir produciendo al día siguiente.
Por la mañana necesito café. No una taza: una transfusión. Los cambios de turno me dejan reventado, Si además he cerrado la noche anterior, levantarme se parece más a una exhumación que a despertarse. No soy persona hasta bien entrada la mañana, y para entonces ya se ha ido medio día.
No quiero ser padre. Ni de coña. Bastante tengo con aguantar esto como para encima llevármelo a casa. No tengo paciencia, ni ganas, ni fe en que eso salga bien. Apenas consigo mantenerme en pie como para hacerme cargo de otro.
Es tarde. Demasiado tarde. Ya no entra luz por las ventanas ¿No deberían estar estos niños en la cama ya? Aunque claro, a ver quién los duerme ahora después de atiborrarlos de azúcar, refrescos y tarta industrial. Van pasados de vueltas, corriendo entre mesas, gritando como si el cansancio no existiera.
Finalmente se largan. Y ahora viene lo bueno. La sala hecha una mierda: restos de comida, bebidas pegajosas, servilletas por el suelo, sillas fuera de sitio. Todo pringoso, todo mal. Y nosotros detrás, recogiendo lo que otros han decidido ignorar. Encima hay que revisar tickets, cuadrar lo que han pedido, asegurarse de que no se va nadie sin pagar algo. Porque claro, el caos también se factura.
Y rápido. Siempre rápido. Aquí nunca es suficiente.
El turno se acaba y llego a casa. Por fin. De madrugada. El cielo sigue oscuro, menos mal. No tengo ganas de ver el día empezar, sería como admitir que ya toca volver.
Lo primero, la pastilla. Que empiece a hacer efecto cuanto antes. Luego la ducha. Necesito arrancarme de encima el olor a comida, a grasa, a sudor rancio. Como si pudiera lavarme también el turno de encima, pero no. Eso se queda. Pegado a la piel, como una enfermedad.
Comer… me da igual. Se me cierra el estómago del cansancio. Prioridades: apagarme. Me lavo los dientes por inercia, como todo últimamente. Y a la cama. Durante unos segundos me pregunto si descansar cuenta como vivir o simplemente es el mantenimiento básico para seguir produciendo al día siguiente.
Por la mañana necesito café. No una taza: una transfusión. Los cambios de turno me dejan reventado, Si además he cerrado la noche anterior, levantarme se parece más a una exhumación que a despertarse. No soy persona hasta bien entrada la mañana, y para entonces ya se ha ido medio día.
La gente habla de su tiempo libre como si fuese una cosa real. El mío se disuelve entre lavadoras, ropa por planchar, compras pendientes, platos acumulados, tareas domésticas y pequeñas obligaciones que aparecen solas igual que las malas hierbas. Y si queda algo de tiempo, si queda algo de cabeza… escribir esto. Este diario. Que no sé ni para qué lo empecé. Ni cuánto va a durar.
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