Pequeños gestos
Sé que con esta reflexión no voy a descubrir la rueda, pero creo que de vez en cuando merece la pena encontrarse con ella, detenerse un momento y pensar.
Es curioso el poder que podemos llegar a tener las personas. No somos superhéroes ni el ombligo del mundo, pero hay que reconocer que, con acciones mínimas, somos capaces de provocar cambios enormes. A veces para bien. Otras, por desgracia, para mal.
Hoy he hecho que una persona se sienta un poco menos sola en el mundo. No ha sido con grandes discursos ni gestos heroicos, sino con algo tan sencillo como enviar una carta. Un sobre, unas palabras y la decisión consciente de pensar en alguien más durante unos minutos. Nada extraordinario. Y, sin embargo, suficiente.
Como suelo hacer, empecé a sobrepensar. Y ahí apareció una idea inquietante: la misma persona que hoy me ha ayudado a llevar a cabo ese pequeño gesto —entregando la carta a mi amiga, podría ser la que, unas horas después, lleve malas noticias a otra casa. Un aviso de desahucio, una factura imposible de pagar (aunque ahora muchas ya lleguen por correo electrónico) o un papel cualquiera que cambia por completo la vida de quien lo recibe. El acto es el mismo; el impacto, radicalmente distinto.
Vivimos rodeados de pequeñas acciones que pasan desapercibidas, pero que tienen el poder de inclinar un día, e incluso una vida, y no es dramatismo, es realidad, hacia un lado u otro. Una sonrisa en la calle. Una mirada esquiva. Un saludo. Un silencio. Gestos que parecen insignificantes, pero que nunca lo son del todo.
Quizá no podamos cambiar grandes estructuras ni arreglar el mundo de una vez. Pero sí decidir, cada día, qué dejamos en el camino de los demás. A veces será solo una carta, una palabra o una presencia breve. Otras, un silencio necesario.
Es curioso el poder que podemos llegar a tener las personas. No somos superhéroes ni el ombligo del mundo, pero hay que reconocer que, con acciones mínimas, somos capaces de provocar cambios enormes. A veces para bien. Otras, por desgracia, para mal.
Hoy he hecho que una persona se sienta un poco menos sola en el mundo. No ha sido con grandes discursos ni gestos heroicos, sino con algo tan sencillo como enviar una carta. Un sobre, unas palabras y la decisión consciente de pensar en alguien más durante unos minutos. Nada extraordinario. Y, sin embargo, suficiente.
Como suelo hacer, empecé a sobrepensar. Y ahí apareció una idea inquietante: la misma persona que hoy me ha ayudado a llevar a cabo ese pequeño gesto —entregando la carta a mi amiga, podría ser la que, unas horas después, lleve malas noticias a otra casa. Un aviso de desahucio, una factura imposible de pagar (aunque ahora muchas ya lleguen por correo electrónico) o un papel cualquiera que cambia por completo la vida de quien lo recibe. El acto es el mismo; el impacto, radicalmente distinto.
Vivimos rodeados de pequeñas acciones que pasan desapercibidas, pero que tienen el poder de inclinar un día, e incluso una vida, y no es dramatismo, es realidad, hacia un lado u otro. Una sonrisa en la calle. Una mirada esquiva. Un saludo. Un silencio. Gestos que parecen insignificantes, pero que nunca lo son del todo.
Quizá no podamos cambiar grandes estructuras ni arreglar el mundo de una vez. Pero sí decidir, cada día, qué dejamos en el camino de los demás. A veces será solo una carta, una palabra o una presencia breve. Otras, un silencio necesario.
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