El misterio de la chica de las 17:29
Por mi trabajo veo a mucha gente ir y venir. Es un oficio hecho de puertas que se abren, pasos en escaleras, timbres que suenan y conversaciones que no me pertenecen. Entre todas esas rutinas anónimas, nunca nadie me llamó tanto la atención como la chica de las 17:29: una certeza en mitad del ruido del día.
Puntual como un mecanismo bien calibrado, a las 17:29 ya está frente al primero izquierda, con el dedo suspendido sobre el timbre.
La salida, en cambio, es otra historia.
No hay seguridad. No hay patrón. He notado incluso cierta deriva: cada semana sale un poco más tarde que la anterior.
Cuando por fin aparece, lo hace despacio, pero con una impaciencia que se le nota en los gestos pequeños. Se coloca los cascos antes de desenredarlos del todo. Sí, aún usa cascos con cable, ese detalle siempre me ha parecido importante, aunque no sepa explicar por qué.
Y entonces, ya fuera del portal, siempre se detiene. Se frota las sienes como quien acaba de quitar un peso invisible de la cabeza. Mira al frente, nunca hacia atrás, y toma una bocanada de aire. Dos si es invierno. Como quien regresa de un lugar donde el aire pesa distinto. Como quien ha estado demasiado tiempo bajo el agua.
Puntual como un mecanismo bien calibrado, a las 17:29 ya está frente al primero izquierda, con el dedo suspendido sobre el timbre.
La salida, en cambio, es otra historia.
No hay seguridad. No hay patrón. He notado incluso cierta deriva: cada semana sale un poco más tarde que la anterior.
Cuando por fin aparece, lo hace despacio, pero con una impaciencia que se le nota en los gestos pequeños. Se coloca los cascos antes de desenredarlos del todo. Sí, aún usa cascos con cable, ese detalle siempre me ha parecido importante, aunque no sepa explicar por qué.
Y entonces, ya fuera del portal, siempre se detiene. Se frota las sienes como quien acaba de quitar un peso invisible de la cabeza. Mira al frente, nunca hacia atrás, y toma una bocanada de aire. Dos si es invierno. Como quien regresa de un lugar donde el aire pesa distinto. Como quien ha estado demasiado tiempo bajo el agua.
Confieso que juego a fantasear con ella y con lo que hace ahí dentro. Mi trabajo es aburridísimo, y cuando uno se pasa horas mirando cómo va y viene la gente, empieza a inventar vidas para sobrevivir a la propia. Pero con ella no es solo entretenimiento: es intriga. Es curiosidad real.
¿Qué ocurre tras esas paredes?
¿Por qué tanta disciplina para entrar y tanta incertidumbre para salir?
Podría ser algo sencillo: trabajo. Una empleada más, con cada vez más tareas y el mismo sueldo de siempre. Pero me niego a quedarme en esa versión. No porque no sea probable, sino porque lo probable rara vez explica lo que de verdad importa. Y porque es la primera que se me ocurrió... y quiero seguir jugando.
Hubo un día en que pensé que quizá solo venga a hablar.
Sentarse frente a alguien.
Decir cosas que no se dicen en voz alta en ningún otro sitio.
Y luego empecé a considerar algo más inquietante:
¿Y si no entra para visitar a alguien, sino para encontrarse consigo misma?
Eso explicaría la puntualidad: nadie quiere llegar tarde a enfrentarse a sí mismo.
Y también explicaría el cansancio al salir.
Algunos días imagino que dentro hay alguien frágil.
Alguien que necesita ser cuidado.
Y otras veces, en cambio, imagino lo contrario.
Que no está allí para cuidar, sino para vigilar.
Que es una espía.
Que llega siempre a la misma hora para sostener su coartada, pero que nunca sabe cuándo saldrá porque depende de los secretos que consiga arrancar de su interlocutor. Quizá alguien dentro sospecha de ella. Quizá esa bocanada de aire es alivio: respirar, al fin, sin tener que mentir.
Aunque entonces me asalta otra duda:
¿por qué tanto tiempo?
¿Cuánto puede durar una infiltración?
¿Qué secreto merece meses de vigilancia silenciosa?
También he pensado que no es una espía, sino una viajera.
Que ese piso no es un piso, sino una grieta a otro mundo.
Donde el tiempo pasa distinto y ella nunca sabe cuánto ha estado allí.
Durante un tiempo incluso pensé que era un fantasma. Pero los fantasmas no llaman al timbre, ni desenredan cables, ni tiemblan al salir a la calle. ¿Para qué molestarse en respetar las normas físicas si no estás sujeta a ellas?
Pensé en vampiros también, lo admito.
Lo del timbre encajaba: pedir permiso para entrar.
Pero luego la vi caminar bajo el sol.
Aunque quizá no todos los mitos son exactamente como nos los han contado.
Sigo sin saberlo.
Y tal vez ni siquiera quiero saberlo.
Seguiré inventando teorías.
No porque sean más ciertas, sino porque hacen justicia a la sensación que deja verla cruzar ese umbral cada tarde: la sensación de que ahí dentro ocurre algo importante. Algo invisible. Algo que no debería tomarse a la ligera.
Y mientras tanto, yo sigo aquí, en mi garita, observando puertas.
Esperando las 17:29.
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