Feligreses
Hay clientes de todo tipo. Está el subnormal que te quiere poner una hoja de reclamaciones porque el enchufe que quiere usar lo está usando otro. Como si el local fuera su puta casa. Como si los vatios fueran suyos. Puede venir acompañado del que te pide la contraseña del Wi-Fi antes de saludar.
También está el chef frustrado que pide el plato más complicado de la carta para luego desmontarlo entero. Sin esto, sin lo otro, que si la salsa aparte, que si la carne poco hecha pero muy hecha. Hasta que de lo que pedía originalmente solo queda el nombre en la carta. El que te pregunta todos los detalles de la carta para acabar el plato más básico. El que dice que tiene prisa y luego tarda veinte minutos en decidir qué quiere y otros tantos en sacar el efectivo para pagar. El que deja a los niños correr por el local mientras él mira el móvil. El que te deja la mesa como una leonera, llena de papeles y mierda a medio masticar, y al irse te sonríe y te suelta un «perdona el desastre». El que entra con cara de estar perdonándote la vida. El que te pregunta si mañana también estás. Sí. Mañana también. Y pasado. Y probablemente el siguiente. El que durante diez minutos te cuenta lo que odia su trabajo mientras tú asientes y le retiras el plato. Bienvenido al club, campeón.Hoy ha entrado uno que olía a mi abuelo. No me preguntes a qué coño olía. A viejo, a colonia barata y a armario cerrado. No tengo ni idea de si era la misma colonia. Pero ahí estaba. Ese olor que me ha metido un puñetazo en la nariz y me ha llevado a los veranos de broncas y gritos. Justo lo que necesito ahora. Justo lo que necesito recordar mientras intento sobrevivir a otro turno de mierda. La memoria tiene un sentido del humor bastante cabrón.
Y luego están los otros. Los habituales. Mis feligreses. Los llamo así porque vienen a comulgar todos los días. Joder, paso más horas con ellos que con la gente que llamo amigos. Y con algunos no puedo evitar preguntarme qué demonios saldrá en sus análisis de sangre.
Entre ellos hay una mujer mayor que me despierta algo parecido a la ternura. Viene todos los días a última hora. Siempre pide lo más barato que encuentra. Luego se queda sentada durante un tiempo, mirando nada en particular. A veces se le cae la cabeza. Una vez la desperté sin querer mientras recogía la mesa de al lado. Dio un respingo y me miró asustada, como alguien que durante unos segundos no recuerda dónde está. Siempre recoge su mesa. Siempre nos trae la taza y el plato a la barra. Y siempre se marcha sola unos minutos antes del cierre. Nunca hemos tenido que decirle nada.
He visto a clientes quedarse calvos aquí dentro. He visto a parejas dejar de ser parejas. He visto a críos que entraban de la mano de su padre y que ahora entran solos, con barba y con resaca.
Y un día, uno deja de venir. Y nadie pregunta por qué. Nadie pregunta una puta mierda.
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